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Asel Luzarraga Zarrabeitia
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ARAUCANIA
Chile
 
 
 

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Franz Kafka en Chile. La increíble historia de Asel Luzarraga Zarrabeitia PDF fitxategia Inprimatu E-posta
Josu Erkoreka

 

En su conocido relato titulado El proceso, el escritor Franz Kafka narra la surrealista historia de un hombre, Josef K., que una mañana es arrestado por unos desconocidos en la alcoba de la pensión en la que reside y se ve abocado a afrontar un juicio penal absurdo, caótico y endiabladamente enmarañado, cuyo sentido y desarrollo es absolutamente incapaz de comprender. Lenta, pero implacablemente, Josef se ve atrapado por una misteriosa red procesal, que le va conduciendo de manera inexorable hacia un túnel cada vez más abstruso y oscuro. Todos sus esfuerzos por intentar comprender lo que le ocurre acaban frustrados. Y la pretensión de sustraerse al influjo fatal de tamaña tenaza jurídica entraba de lleno en el terreno de la quimera. Afronta interrogatorios, departe con oficiales y abogados y se comunica con otros detenidos, pero ni logra conocer el delito por el que es acusado, ni acaba de encontrar el significado de los trámites y diligencias a los que es sometido, aunque todo parece obedecer a un designio poderoso que no es capaz de precisar qué persigue ni para qué lo hace.

 

El proceso es una de las obras más representativas de lo que en el lenguaje común se conoce como kafkiano. El desconcierto y la impotencia del protagonista se hacen patentes desde el comienzo mismo del relato, que arranca observando que “Alguien debió de haber calumniado a Josef K., puesto que sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana”. Y a partir de ese momento, el drama se va adueñando de la narración tan inexorable como imperceptiblemente.

 

El escritor vasco Asel Luzarraga debió vivir una experiencia muy parecida a la de Josef K., cuando vio que “sin haber hecho nada malo”, el 31 de diciembre de 2009, la policía chilena irrumpía con ímpetu en el apartamento que ocupaba en la provincia de Temuco y le invitaba a visitar la comisaría, bajo una acusación imprecisa que le resultó tan absurda como incomprensible. Las primeras imágenes que nos llegaron del episodio de la detención, ampliamente difundidas por la televisión chilena, nos permitían ver a Asel férreamente asido por las garras de los guardias que lo habían detenido, y esbozando en su rostro un desconcertado gesto de estupefacción, que se volcaba en palabras cuando los periodistas le preguntaban por la acusación de la que era objeto: “¿Acusado? -se le ve decir- ¡Es que todavía no sé de qué se me acusa!”.

Desde entonces, todo ha discurrido paralelo al relato de Kafka. Trámites incomprensibles, interrogatorios absurdos, diligencias judiciales sin sentido, fiscales patéticos, abogados surrealistas… y todo, al parecer,  para intentar acreditar que participó en la preparación de unos artefactos que las semanas anteriores hicieron explosión en diferentes puntos del territorio provincial.

 

Cuando le notificaron los cargos que se le hacían, Asel respiró tranquilo. Eran insostenibles. Le acusaban de haber provocado una explosión durante el puente de la Inmaculada. Pero esa semana había estado en Bilbao, visitando a su familia. Podía demostrarlo, con testimonios orales y hasta con pruebas gráficas. Asistió a la feria del libro vasco de Durango y esa es, siempre, una excelente ocasión para encontrarse con amigos y conocidos. Era público y notorio que no podía haber participado en aquel sabotaje. En otro de los casos, ni tan siquiera se había producido la explosión que se le recriminaba. Su detención carecía, pues, del más mínimo fundamento. Pero como en el relato de Kafka, las tenues luces del camino fueron inmediatamente sofocadas por las tinieblas y el tétrico escenario judicial volvió a poblarse de personajes siniestros y diligencias absurdas. Unos personajes y unas diligencias que todavía hoy, cuando escribo estas líneas, continúan sobre el tablado representando su lóbrego papel.

 

No conozco personalmente a Asel. Pero he leído parcialmente su obra escrita y mantengo relación directa con algunos de sus parientes más cercanos, que me han hablado bastante de él. En Bermeo, donde fijó su domicilio hace ya varios años, he recogido algunos testimonios añadidos, que me han resultado bastante útiles para perfilar su personalidad. Y de los retazos biográficos que he recogido por aquí y por allá, he llegado a la conclusión de que Asel es un idealista. Un hombre sensible y comprometido con las causas más nobles, que siempre ha vivido sus apuestas vitales con la ingenuidad de un adolescente. Sus múltiples destrezas en el campo de la literatura, la música y el arte, se ven compensadas con una acusada tendencia a huir del pragmatismo y, si se me permite la expresión, a no pisar suelo.

 

Asel es vasco y vive con fuerza su identidad vasca, pero es un hombre leído y muy viajado, que domina varios idiomas. Formó parte de una banda de música rock, “Punkamine”, ha escrito varias novelas en euskera y siente una solidaridad sincera y espontánea por las lenguas minorizadas y los pueblos marginados, incluidos los mapuches, claro, que gozan de una notable presencia en el sur de Chile. Pero siempre ha sido un militante radical del pacifismo y la no-violencia. Y no creo que el mero hecho de ser vasco y amante del euskera y de los pueblos indígenas, le convierta automáticamente en un sospechoso de terrorismo. ¿O sí?

 

Quienes le conocen me aseguran que la acusación de terrorismo constituye un disparate. Y les creo. No me imagino al humanista que escribió algunos de los títulos que se han publicado con su nombre, destruyendo vidas ajenas a través de la violencia. Si las autoridades chilenas no ven con buenos ojos su militancia a favor de los mapuches o las actividades que desarrolla a favor de los marginados sociales, que activen los mecanismos administrativos relacionadas con la regularidad de su residencia en el país andino, y santas pascuas. Pero que no recurran a burdos montajes político-judiciales, que sólo contribuyen a poner en cuestión la credibilidad del Estado chileno en las cancillerías internacionales.

 

El kafkiano túnel judicial en el que se ve inmerso Asel Luzarraga dio comienzo bajo el mandato de Michelle Bachelet. Pero durante los dos meses que han transcurrido desde que se produjo su arresto, en Chile han tenido lugar unas elecciones y un cambio de Gobierno. Hubo quien pensó que su detención obedecía a la razón, puramente electoral, de un Ejecutivo que necesitaba acreditar determinación y firmeza. No creo que el gabinete formado por Sebastián Piñera necesite reforzar la imagen de dureza. Espero, pues, que la kafkiana experiencia de Asel toque pronto a su fin. Y entonces agradeceremos a Patxi López por el inmenso interés que su Gobierno ha puesto en la liberación de Asel.

 

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